Elemental, mi querido Watson
Atribuido (falsamente) a Sherlock Holmes
De seguro el amable lector habrá disfrutado más de una vez de una buena historia de detectives, de esas que ocupan frecuentemente nuestras ficciones contemporáneas tanto literarias como cinematográficas. Desde los relatos de Edgar Allan Poe hasta los episodios televisados de CSI, pasando por Agatha Christie y su Hércules Poirot, la figura del detective, es decir, del investigador y esclarecedor de misterios, ha gozado en nuestro imaginario de un aura de fascinación que le ha permitido sobrevivir al paso del tiempo, adaptándose a nuevos escenarios y tecnologías, y deviniendo así un personaje central de nuestros imaginarios contemporáneos.
Reflexionemos un poco, entonces, en torno a este personaje tan particular. Estará de acuerdo el lector con que lo más sabroso de relato de detectives no es tanto la resolución del caso y la subsiguiente restauración del orden inicial y de la justicia, sino más bien el proceso mismo de la resolución del enigma: el arte de recoger e hilar las pistas, establecer deducciones, formular hipótesis y luego descartarlas una a una hasta dar con el criminal. Esto es, de hecho, lo que diferencia a un simpático detective como Columbo de un Dick Tracy, un Sherlock Holmes o un Kojak: la manera particular en que cada detective lee e interpreta las señales dejadas en el escenario del crimen. Todo detective es un lector especializado, capaz de recomponer una historia entera a partir de fragmentos, de piezas del rompecabezas.
Todo buen detective, sin embargo, debe construir el misterio del caso a medida que lo resuelve. El engaño, la pista falsa, la desviación, son artimañas necesariamente presentes en el relato policial, pues, en el fondo, es sobre la sagacidad del lector que debe triunfar la del detective: ha de ser capaz de leer lo que nosotros no podemos. De otra manera no hay misterio, y sin misterio no hay caso. No en balde fue la lupa el instrumento que representase popularmente a la figura detectivesca: un instrumento para traer a la vista aquello que se le esconde. El misterio es aquello que se resiste a la interpretación, aquello que exige un esfuerzo de lectura para hacerse manifiesto.
He allí, pues, que toda literatura sea siempre misteriosa. Baudelaire hablaba de las "misteriosas correspondencias" de la poesía, por ejemplo, aludiendo al significado oculto y escurridizo que tienen las palabras en el texto literario, y que las separa radicalmente de las expuestas en el diccionario. El texto literario entraña un texto otro, oculto y misterioso, al que sólo puede accederse a través de la lectura; es por ello que un mismo libro puede leerse múltiples veces y hallar siempre un nuevo recorrido. El misterio literario, así, se construye a medida que ocurre la lectura misma, en el propio ocultamiento del sentido dado; de la misma manera en que el misterio del detective se construye a partir de la lectura de las pistas, es decir, de la separación de las falsas de las verdaderas. Quizá resida allí la importancia del detective dentro de la literatura, que lo ha hecho sobrevivir dentro en las ficciones de un mundo en constante cambio y reinvención. En el detective vemos siempre a un lector experto, más diestro que nosotros mismos, y por lo tanto un acto de lectura mejor, más interesante, más insospechado. El investigador, pues, contiene los elementos para ser una figura central dentro de nuestro imaginario, y es por ello que protagoniza con frecuencia nuestros relatos de misterio.
No es tan frecuente, en cambio, leer un libro escrito por uno. Y tal es el caso de
Oficio de lectores: textos de detectivismo literario de Pedro Enrique Rodríguez. Las pistas en este libro cuentan con la arbitrariedad de la ficción literaria, con la mirada estética del escritor que intenta reconstruir ya no un relato de homicidio, sino un sentido dado de las cosas, una lectura del mundo dentro y fuera del libro mismo, cuyas interrogantes no buscan recomponer la verdad y la justicia, sino más bien todo lo contrario: extraviarse en el laberinto de la ficción página a página, hallando las señales a interpretar dentro de las muchas otras lecturas del autor: páginas de la
Divina comedia de Dante, de
Los tres mosqueteros de Dumas y de diversas obras de Borges, a caballo con múltiples y variadas situaciones reales e imaginarias. El misterio de
Oficio de lectores, al contrario de los de Agatha Christie, no se resuelve en un relato claro y articulado, sino en la propia fragmentariedad del pensamiento; en lugar de dar con el culpable, hemos de extraviarnos en la contemplación de la escena del crimen. Se trata de un
Oficio de lectores: el propio título acentúa abiertamente la labor detectivesca que todo lector de literatura ha necesariamente de emprender, y de la que este libro constituye a la vez un tratado y una demostración. Es éste un libro escrito por y para detectives; un volumen no apto para quienes carezcan de una curiosidad generosa y de una buena lupa disponible en cada una de sus mesas de noche.
Gabriel Payares