A partir de 1830, el siglo XIX venezolano tuvo como difícil reto el de construir la ciudadanía en un país devastado por la guerra y cuyos recién liberados patriotas ponían en la más alta mira la figura del militar victorioso. ¿Cómo construir la paz, la institucionalidad, los valores republicanos? En esa complicada tarea, de un tiempo signado por revueltas y revoluciones, por la Guerra Federal, por la escasez de escuelas y por una inestabilidad política de enormes dimensiones, tuvo un papel fundamental la prensa periódica, dentro de la cual, aun cuando la historia oficial poco lo ha subrayado, las mujeres tuvieron un descollante papel. Actualmente, la investigación académica ha ido rescatando esa historia perdida. Nombres como los de Mirla Alcibíades, Paulette Silva Beauregard, Dunia Galindo, Laura Antillano, Milagros Mata Gil, Yolanda Ramón Vaello, Dunia Galindo, Carmen América Affigne y Verónica Gallego han ido elaborando diversos trabajos que rescatan el quehacer literario femenino de ese siglo fundador, junto con tesistas de las escuelas de Letras y Comunicación Social, así como de los postgrados en estas áreas. No hay que olvidar tampoco la labor de rescate de la historia de las mujeres patriotas hecha por Carmen Clemente Travieso, continuada extraordinariamente por la historiadora Inés Quintero, Rosalba di Miele, y múltiples tesistas de las escuelas y postgrados de Historia del país, así como el importante catálogo de Irma de Sola Ricardo y Lyll Barceló Sifontes de la producción de obras de todo tipo de autoría femenina en Venezuela hasta los años setenta del siglo XX, ni la inédita tesis de Sofía Cáceres y Gloria Flores sobre las pioneras del periodismo en Venezuela. Igualmente, cabe destacar las compilaciones y los trabajos del Instituto de Investigaciones Literarias de la UCV, así como del Instituto “Gonzalo Picón Febres”, de la ULA.
Por otra parte, es importante conocer trabajos de rescate de la producción femenina del siglo XX, como los de Julio Padrón, Isidoro Requena, Ana Teresa Torres y Yolanda Pantin, Roberto Lovera de Sola, Carmen Bustillo, Julio Miranda, Miguel Gomes, Mariana Libertad Suárez y un etcétera dentro del que se incluye quien suscribe. Esa labor de rescate, que nada tiene que ver con “el carácter sectario o excluyente“ o “feminismos chatos”, al decir de cierto investigador acerca de estas investigaciones, parte la genuina necesidad de conocer el país y la producción literaria venezolana, tan vilipendiada por los propios venezolanos por un gran desconocimiento.
Más bien, quien investiga se encuentra ante un campo frecuentemente soslayado por la historia oficial, sembrado de tesis inéditas que hay que rastrear en bibliotecas, con una abundante y desconocida producción femenina que languidece en los anaqueles con sus páginas aún sin ser separadas y, con mucha frecuencia, con un difícil flujo de la información (las investigadoras con frecuencia no se conocen unas a otras y sus libros tienen tirajes escasos y circulación limitada), un campo frecuentemente sometido a los prejuicios de una sociedad que poco ha valorado la producción de autores fuera del canon, no se diga de las autoras. Por ello, resulta de gran importancia y trascendencia la obra
Escritoras venezolanas del siglo XIX de María Eugenia S. de Sánchez, editada en 2009 por la Fundación de la Cultura Urbana. Esta obra, trabajo de licenciatura en Letras de su autora bajo la tutoría de Francisco Javier Pérez (UCAB), reúne una importante antología de textos hemerográficos del siglo XIX, extraídos de numerosas revistas literarias, muchas de las cuales no sólo estaban dedicadas a las mujeres, sino eran editadas por ellas. De esta manera, pone a disposición de futuras investigaciones un rico material que anteriormente estaba disperso en archivos y bibliotecas y que, reunido en este volumen, da a conocer a todos los lectores interesados textos que sólo estaban al alcance unos pocos.
El texto introductorio de Sánchez hace un breve recuento histórico de la primera prensa republicana y da noticia del amplio catálogo de revistas que albergaron la producción femenina de poesía, ensayo y, en menor medida, narrativa. Así, explica que en
La guirnalda, en 1839, llegaron a publicar tres mujeres: Enriqueta María T., Juana Zárraga de Pilón y A.M.O.R. (eran los tiempos de los seudónimos literarios, un juego de velamiento y desvelamiento típico de la época). Busca explicar el silencio posterior de las voces femeninas durante dos décadas por las agudas confrontaciones políticas que reclamaban espacio en la prensa para los hombres públicos. Además, da cuenta de las que considera las revistas más importantes del siglo estudiado, como
El canastillo de costura,
La primera piedra y
El mensajero de las damas, escritas y dirigidas por hombres para las mujeres.
La autora dedica un espacio a
Ensayo literario, primera revista editada por una mujer, Isabel Alderson, de quien, por cierto, Verónica Gallego, encontró datos biográficos en el Diario Personal del diplomático británico Robert Ker Porter y en alguna mención de Fermín Toro. Da cuenta de las sociedades artísticas y culturales fundadas en Coro, Duaca y Barquisimeto. Hasta donde sabemos, aún sigue inédita la tesis sobre las asociaciones corianas
Flores y letras y
Armonía literaria, de Dunia Galindo. Sánchez se refiere también a las revistas editadas por Concepción Acevedo de Tailhardat, importantísima figura guayanesa del XIX, también objeto de los estudios de Mirla Alcibíades y Milagros Mata Gil.
La antología se organiza por las autoras, no por las revistas o periódicos. De esa manera llega hasta nosotros la resonancia de sus nombres o los ecos de su ausencia en seudónimos anónimos como “Una amiga”. La lista incluye, entre otras, a A.M.O.R., Ana Guadalupe Fortique, Emma, Leila, Elba, Flor Silvestre, Josefina Hermoso de Álvarez, María Rosalina González, Lina López de Aramburu (Zulima), Rebeca (Concepción de Tailhardat), cuya producción ocupa buena parte del volumen por su importancia. La lista es larga y está precedida por una cronología orientadora. Verdaderamente, asombra el acucioso trabajo de archivo de Sánchez.
La antología rescata, fundamentalmente, poesía y ensayo, aunque hay también piezas de narrativa. Leyendo los textos, se constata la reflexión de Paulette Silva acerca de cómo las mujeres acogieron y se apropiaron del código romántico, aun cuando éste ya no fuera novedoso, para imprimirles a sus obras el sello de la voz femenina, desde la cual era posible pedir algunas reivindicaciones como una mejor educación para el llamado “bello sexo” y utilizar convenientemente la imagen de la mujer víctima del romanticismo para hacer notar su situación de minusvalía social. Según Silva y Alcibíades, con lo cual concuerda Sánchez, buena parte de esta literatura tenía propósitos educativos, que incluía el cultivo y adorno personal de las damas, exaltadas en sus papeles de esposas y madres, así como de primeras educadoras de los ciudadanos, pero evidentemente, ese discurso tenía sus fisuras y asomaban en él las primeras demandas de ciudadanía de las mujeres venezolanas. Su incursión en el periodismo como autoras o editoras de revistas, les permitía asomarse al espacio público. Por otra parte, su participación en las fiestas patrias y celebraciones colectivas daba aires a la vida ciudadana en un siglo asolado por guerras y revoluciones.
La antología presentada por María Eugenia Díaz S. de Sánchez llena una importante necesidad de conocimiento de nuestro pasado y nos permite re-conocernos en los ecos de las voces silenciadas que, a través de este volumen, se hacen escuchar.
Luz Marina Rivas